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Qué razón tenía mi madre

La entrañable estampa de una madre o un padre sentado tranquilamente en el banco de un parque mientras su hijo menea el cuerpo en un columpio esconde una realidad que muchos progenitores quieren mantener oculta. Creemos que todo va a ser maravilloso con un nuevo compañero de piso fruto de nuestro amor, cuando nuestras madres ya nos lo habían avisado antes incluso de que entendiésemos sus palabras “¿Quién me mandaría a mí? Por tu culpa he dejado de dormir”. Sin embargo, descubrir la realidad no conlleva que siempre sea aceptada. No hay nada como ser padre o madre para volver a tener comportamientos de bebé.

“Es lo mejor que me ha pasado en la vida” como respuesta a la pregunta que tantas veces escuchan un padre o una madre primeriza, es una de la grandes verdades-mentiras de nuestra civilización. De hecho, investigadores de la ‘Universidad de Zigotozania’ han constatado que “lo mejor que me ha pasado en la vida” está cayendo en desuso ante el imparable avance del axioma “te cambia la vida”. ¿Son los hijos más gamberros que antes? ¿Son los padres menos pacientes? ¿Cuánto mienten los padres cuando hablan de sus hijos para proteger su reputación como educadores?

A medida que se ha ido reduciendo el número de hijos por familia, la autoexigencia de los progenitores ha ido en aumento. Esta relación inversamente proporcional recuerda al trato que los humanos damos a aquellas especies en peligro de extinción. La gran duda que ofrecen los tiempos actuales radica en si la preocupación principal de los padres es el bienestar de su descendencia o su reputación como papis del siglo XXI. Siguiendo con expresiones propias y habituales de las familias que se estrenan en la procreación, “¿por qué me pasa esto a mí? o ¿qué he hecho mal para que el niño me salga así?” denotan no sólo cierta perspectiva egocéntrica del concepto maternidad/paternidad, sino que translucen altas expectativas respecto a la experiencia de ser madre/padre.

¿por qué me pasa esto a mí? o ¿qué he hecho mal para que el niño me salga así?

El momento en el que la generación del Baby Boom concluyó que sus padres se habían pegado la gran vida al tiempo que eran felices a rabiar mientras los educaban, es el nuevo eslabón perdido para los investigadores. Filósofos, biólogos y antropólogos se muestran sorprendidos ante la inocencia con la que la “generación más preparada de la Historia” afronta una de las realidades más contrastadas de nuestra especie: el fastidio que pueden llegar a ser los niños en especial si son nuestros. Si nos atenemos a la clasificación kantiana del conocimiento en relación a los placeres de la paternidad, los padres de hoy han aceptado como creencia la opinión de sus contemporáneos sin hijos suplantando la sabiduría en sentido estricto que recibieron de sus padres. Si Kant levantara la cabeza seguramente se dirigiría a esta generación de esta guisa: “¿De verdad no sabéis por qué vuestros padres os preguntan que cuándo les vais a dar nietos en lugar de preguntaros cuándo vais a tener hijos?”

Las consecuencias de esta falta de realidad se empiezan a notar antes en los padres y madres que en los descendientes. Desde aquí le animamos a pasar una mañana en un parque donde haya una zona para que los jubilados jueguen a la petanca y otra en la que madres y padres se reúnen mientras sus hijos se divierten. Si lo que busca es entretenerse viendo una competición, olvídese de la petanca y vaya a escuchar a los creadores de seres humanos jactándose de lo buenos que son gracias a la apropiación de actos tan naturales de sus hijos como el comer y el dormir. Y no se pierda la desesperación de padres y madres frustrados porque sus hijos no son como los demás. Después le recomendamos que se vaya a jugar con los niños si de verdad quiere aprender algo de la vida.